domingo, 7 de abril de 2013

Cuento de la mamá fea



I
Los ojos del niño lagrimean. Esa tos, esa tos empieza pero no acaba. Y esos mocos le taponan la nariz, dejándole una voz que no es la suya. “Josete, hoy no vas al cole. Estás malito. Te quedas con la abuela”. Al pronto, pone cara de mucho susto. Noooooo. Cualquier otro día vale, pero hoy nooooo. “Por favor, por favor, por favor del bueno, mami. Yo quiero ir, yo quiero”. La madre mira el reloj. Se le hace tarde. “Pero… ¿Cómo vas a salir con el castañazo que tienes?”. “No, no, si yo estoy bien. Ya no toso ni nada. Erggg, ergggg”. Suplica él. Suspira ella. “Hacemos un trato. Si tienes fiebre te quedas. Innegociable”. “Vale”, acepta él. En el estante, busca ella el termómetro digital. Lo enciende. Le levanta el bracito. “No te muevas”. Hay que esperar. Josete tiene las mejillas enrojecidas, sí. Como quien no quiere la cosa, separa la punta de termómetro de su sobaquito. Y mira hacia arriba, hacia la lámpara. Disimulo innato. Espera. Pi-pi-pi-pí. “Ya ha pitado, mamá”. Ella lo saca, pasando la mano fría por el cuello de la camisa. Lo mira. A ver, a ver. Treinta y seis con ocho. Él suelta un “¡Biennn!” gangoso. Ella accede un poco mosqueada. Pero antes, y por si acaso, le endosa un lingotazo de jarabe del malo. Ya en la calle, a Josete, le dan tiritones. Está pocho de veras. Lo que pasa es que hoy, precisamente hoy, no quiere faltar por nada del mundo. Es primer Viernes de mes. A la señorita Concha le toca contar su cuento. Y nadie cuenta las historias como la señorita Concha.

II 
El mes pasado, la señorita había relatado “El reconstructor de puzles”. Versaba sobre las peripecias de un niño que desde muy chiquitín había empezado recomponiendo dibujos con piezas grandes y sencillitas. Luego, poco a poco, más complicadas. Y al crecer, había seguido aplicando la misma técnica en el mundo de los mayores, un mundo que de sobra sabemos está enmarañado del todo. A base de observación y paciencia, seguía encajando cada pieza real en su sitio sin que le faltara ni sobrase nada. Uaaaauhhh. “¿Mamá, mamá? ¿Dónde guardábamos nosotros los rompecabezas?”. Impactado, durante las siguientes semanas, Josete se ha enfrentado a mosaicos de dificultad creciente, en el parquet de su habitación, que como siempre, está hecha una leonera.

III 
Josete tose de tres en tres. Se suena los mocos. Cuando la señorita Concha cuenta sus historias no se sienta en la mesa del profesor. Prefiere ocupar una sillita, al lado de ellos. Mientras habla, les mira, atenta a sus reacciones. A sus gestos. Hace de narradora. La historia de hoy empieza con un niño que está triste. No se habla con ninguno de sus compañeros. Desde hace un tiempo, en realidad, no habla con nadie. Su madre, entonces se da cuenta y le pregunta: “¿Se puede saber qué te pasa, Carlitos?”. La señorita Concha pone vocecillas a los protagonistas. El niño no lo quiere contar. “Nada, mamá. Mejor no me preguntes, porque pasarme no me pasa nada”. Transcurren los días. Las notas del estudiante, que hasta entonces habían sido muy buenas, ahora son flojas, muy malas. La madre, que ya está preocupada enormemente, da un golpe sobre la mesa. La seño Concha también. Los niños, que escuchaban atentos, se sobresaltan. No esperaban el golpetazo. Carlitos entonces, entre sollozos, termina contándole: “…es que mis compañeros…”. Josete tose otras tres veces, interrumpiendo a la señorita Concha en un momento crucial: “…mis compañeros se burlan de mí porque dicen que tengo una madre muy fea”.

IV
A los de la clase, que les den morcilla a todos, sin que se escape ninguno. Josete ha salido en dirección opuesta. Sigue sin hablarles. Erg, erg. Mañana Sábado sí que se queda con la abuela seguro. Va dando pataditas a una lata de refresco. Pasa junto a la casa derruida, la que sólo tiene fachada y está hueca por dentro. Se queda mirando. Ahí, ahí le cuentan que vivió cuando era pequeñito. Vagamente lo recuerda. Apenas nada. Como si  hubiera soñado. En una estufa de gas que él arrima a la cortina. En un humo muy denso. “Por salvarte del fuego, me quemé la cara, Carlitos”. A la seño Concha le dirá, cuando ya esté bueno del catarro, que el cuento de este mes no le ha gustado nada. Da un soberbio puntapié al bote. Avanza por la banda el ariete Josete. Se gira. Contempla aquella fachada ennegrecida de nuevo. Y se pregunta en voz alta: “¿Eso… eso habrá pasado de verdad?”. 

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